martes, 5 de julio de 2011

Marchak, joyeros de los Romanov, reivindican en París sus orígenes eslavos

La casa francesa de origen ucraniano Marchak, joyeros de la dinastía rusa Romanov, ha abierto las puertas de su taller de orfebrería en París, desde donde reivindica sus orígenes eslavos con un surtido de joyas voluminosas y coloridas.

Junto con la firma de lujo Fabergé de San Petersburgo, Joseph Marchak aprovisionó desde Kiev al zar Nicolás II a lo largo de su reinado y, al igual que su amigo y competidor ruso, emigró a Europa con la revolución bolchevique, explicó a Efe la presidenta de la compañía, Dominique de Blanchard.

Casi un siglo más tarde, la pequeña empresa familiar atiende a su clientela en el pequeño salón de su sede parisina, anexo al taller de fabricación que data de 1830, "uno de los más antiguos de París", que fue comprado por Marchak a su llegada a la ciudad.

Desde ese pequeño "atelier" salen al mercado algunas de las joyas inspiradas en cuentos y poemas rusos, así como en la obra de escritores como León Tolstói, ya que la marca no ha querido renunciar a sus raíces del este europeo.

"Para nosotros es siempre inspirador reencontrar las leyendas, y tenemos joyas con leyendas francesas, como el unicornio, pero también buscamos las inspiradas en los cuentos rusos", destaca la directiva, que relanzó la marca hace seis años después de su desaparición en 1989.

La colección se compone de colgantes, anillos, collares y otros accesorios en tiradas máximas de diez ejemplares y una amplia gama de colores, de forma que "cada ejemplar es único a su manera", señala De Blanchard.

"Algunas veces nos traen piedras magníficas y tienen unas formas y unos colores tan inusuales, o suscitan tal emoción, que creamos realmente a partir de la piedra", asegura la diseñadora de la firma, Marie-Chistine de Ribet.

Su trabajo comienza con una idea que puede madurar durante meses, y que después se plasma sobre papel con lápiz y acuarela, antes de ser trabajado durante varias semanas por los orfebres.

Se trata de un proceso que, en el caso de las joyas más sencillas, demora en torno a un mes y medio, pero que para los ejemplares más complejos puede llegar al año.

El taller está a prueba de piedras preciosas: enrejados de madera para que las pedrerías que caen no rueden, dobles filtros con carbón en los desagües -que se queman posteriormente para recuperar los metales-, y el uso imperativo de aspiradora para limpiar, cuyas bolsas se recuperan.

Sin embargo, las máquinas tradicionales, como la prensa, han dejado de usarse de forma habitual, para dejar paso a otras técnicas más modernas como el láser.

En la época de Joseph Marchak, los empleados no podían tener barba y debían llevar gorros ajustados para evitar que se mesasen el cabello con polvo de oro que pudiesen recuperar después.

La empresa contaba, entonces, con 150 trabajadores en sus talleres en Ucrania, y era conocida como el "'Cartier' de Kiev", un prestigio que le permitía surtir a la familia de la corte rusa.

Su amistad con Fabergé no se limitó a compartir a su distinguida clientela, sino que cuando Peter Carl Fabergé huyó al Reino Unido en 1918 confió piedras preciosas y dinero a su colega ucraniano, a sabiendas de que resultaba más fácil pasar a Europa occidental por el sur del continente.

Haciendo honor a su reputación, Marchak contactó a Fabergé una vez desembarcado en París, para restituirle lo que le había sido confiado.