lunes, 11 de mayo de 2009

Moscú da la bienvenida a la 54 edición del festival de Eurovisión

El festival de la canción de Eurovisión inauguró esta noche en Moscú su 54 edición con una gala de vencedores de otros años, empezando por la suiza Lys Assia, que ganó el primer concurso continental en 1956 en Lugano.

La ceremonia de apertura tuvo lugar a dos pasos del Kremlin en el "Eurodom" (Eurocasa), el lugar de la "movida" de los asistentes al festival que se aloja en la emblemática sala de exposiciones Manezh, construida en 1817 como Picadero del Zar por el ingeniero español de origen canario Agustín de Betancourt.

En ese histórico edificio, destruido en 2004 por un devastador incendio y reconstruido un año más tarde con materiales modernos, interpretó Assia su tema estelar "Refrain", mientras las pantallas de la sala reproducían imágenes del primer concurso de Eurovisión.

La ceremonia -retransmitida por el Canal Uno de televisión, uno de los organizadores del concurso- no podía prescindir de Dima Bilan, el cantante ruso que se impuso el pasado año en Belgrado con "Believe" y así trajo por primera vez Eurovisión a Moscú.

Además, desembarcaron en la capital rusa para hacer recordar sus victorias la serbia Marija Serifovic (2007), la ucraniana Ruslana (2004) y la transexual israelí Dana International (1998).

También actuaron participantes rusos de concursos de los últimos años, como el dúo femenino Tatu (tercer lugar en 2003), la cantante Alsú, que quedó en segundo lugar en 2000, y el presidente del jurado de esta edición, el intérprete y compositor ruso de origen búlgaro Filip Kirkórov, vinculado a Eurovisión desde 1995.

Aunque la inauguración oficial tuvo lugar hoy, los intérpretes de los 42 países que participan en el concurso pudieron efectuar esta semana dos ensayos cada uno en el enorme escenario del pabellón Olimpíyski de Moscú, edificado para los Juegos Olímpicos de 1980.

Los últimos en concluir hoy los ensayos fueron los cantantes de los cuatro Estados fundadores, España, Francia, Reino Unido y Alemania, más del país anfitrión, en este caso Rusia, que según la tradición pasan directamente a la final.

La cantante española Soraya fue la última en terminar hoy los ensayos, pues conforme al sorteo será la que cerrará las actuaciones en la final del próximo día 16 con su tema "La noche es para mí".

Previamente subieron hoy al escenario la conocida diva francesa Patricia Kaas; la británica Jade Ewen, cuyo tema fue compuesto por el famoso autor de musicales Andrew Lloyd Webber; el dúo alemán Alex Swings Oscar Sings!, que en la final contará con el explosivo apoyo de la conocida "stripper" estadounidense Dita von Teesen, y la representante rusa de origen ucraniano Anastasía Prijodko.

Los representantes de los otros 37 países participantes se disputarán los restantes veinte puestos de la final, en las semifinales que tendrán lugar el 12 y el 14 de mayo.

En la primera semifinal actuarán, por este orden, Montenegro, la República Checa, Bélgica, Bielorrusia, Suecia, Armenia, Andorra, Suiza, Turquía, Israel, Bulgaria, Islandia, Macedonia, Rumanía, Finlandia, Portugal, Malta y Bosnia-Herzegovina.

La segunda semifinal la disputarán Croacia, Irlanda, Letonia, Serbia, Polonia, Noruega, Chipre, Eslovaquia, Dinamarca, Eslovenia, Hungría, Azerbaiyán, Grecia, Lituania, Moldavia, Albania, Ucrania, Estonia y Holanda.

En la víspera y en el día de las semifinales y de la final, los artistas tendrán sus últimas oportunidades de realizar un ensayo general de la actuación, ya con los trajes que vestirán en el escenario y con todos los efectos de luz y sonido.

Para mejorar el concurso y neutralizar la votación solidaria de países concursantes vecinos, pues las reglas no permiten a un Estado apoyar a su propio representante, a partir de este año el ganador será elegido a medias por el auditorio y por un jurado profesional.

Acorde al sistema vigente de puntuación, introducido en 1975, cada país votará a los participantes del concurso otorgando doce puntos al intérprete favorito, diez al segundo y de ocho a uno a los demás cantantes.

El Dinamo de Kiev, campeón de la Liga ucraniana

El Dinamo de Kiev olvidó su eliminación en las semifinales de la Copa de la UEFA ante el Shakhtar Donetsk al proclamarse por decimotercera vez campeón de la Liga ucraniana.

El Dinamo ganó al Tavriya Simferopol por 3-2 en un partido muy duro y suma 70 puntos, doce más que el Shakhtar, al que de nada le valió vencer al Kharkiv (3-0).

Tiberiu Ghioane y Andriy Nesmaschny tuvieron el acierto de igualar los tantos con los que se había adelantado el Tavriya y Olexander Aliyev firmó el tanto de la victoria en los últimos compases.

El equipo más histórico del fútbol ucraniano ha ganado el título de liga los años 1993, 1994, 1995, 1996, 1997, 1998, 1999, 2000, 2001, 2003, 2004, 2007 y 2009, nueve más que el Shakhtar.

Patios traseros

Europa tiene un patio trasero. Y la verdad, no tiene muy buen aspecto. Como en todos los patios traseros, en él se amontonan sin mucho orden trastos viejos heredados del anterior propietario y regalos de dudoso gusto que uno no supo o no pudo devolver. El problema de este patio es doble. Para comenzar, en él viven 75 millones de personas, así que no se trata de ninguna minucia. Pero además, resulta que tenemos un vecino que tiene los ojos puestos en ese patio, y tiene toda la intención de atraer o mantener a esos vecinos hacia su órbita.

Hablamos del arco que se extiende desde Bielorrusia a Azerbaiyán, pasando por Ucrania, Moldavia, Armenia y Georgia. Son los seis vecinos orientales de la UE, algunos de los cuales no han terminado de volver del frío, con los que la UE se ha reunido sin mucho éxito este jueves pasado en Praga para intentar mejorar sus relaciones.

En Bielorrusia tenemos al último dictador de Europa, Alexandr Lukashenko, que ni siquiera se ha molestado en fingir un poco y así lograr un ingreso de su país en el Consejo de Europa que le legitime mínimamente ante la población. De hecho, en las últimas elecciones tuvo la genialidad de invitar a inspectores rusos como (únicos) observadores de la limpieza del proceso (algo así como poner a Madoff al frente de la caja de la Seguridad Social).

En Ucrania, la ilusión de la llamada revolución naranja se ha esfumado. El país se encuentra partido en dos, con una clase política que se ha repartido el país mucho antes de haber logrado que hubiera algo digno que repartir y una crisis económica descontrolada que pone en evidencia el sinnúmero de reformas pendientes de abordar.

La situación en Moldavia es incluso peor: el país está anclado en la lógica de la guerra fría, como si nada hubiera cambiado. Pero aquí, la división es física, con un territorio (Transdniéster) que continúa bajo ocupación rusa y una minoría rusófona que se niega a integrarse. Este mes pasado, los jóvenes moldavos, fanáticos de Internet, se han rebelado contra el continuismo y la falta de futuro y han asaltado el Parlamento, pero el régimen sigue ahí.

Saltando al Cáucaso, la situación no es mucho mejor. Armenia y Azerbaiyán mantienen desde hace años un conflicto irresuelto por el territorio de Nagorno Karabaj, un enclave armenio situado dentro de Azerbaiyán. Armenia, que necesita la protección de Rusia para sobrevivir, se encuentra completamente hipotecada ante Moscú, habiéndose convertido en su leal servidor. Por su parte, en Azerbaiyán, la familia Aliev ha logrado el sueño de todo tirano: una república vitalicia hereditaria con inmensos recursos petrogasísticos. No sólo no han tenido que preocuparse por ganar elecciones, sino que la estabilidad del régimen está descontada: Europa difícilmente levantará la voz ante alguien que ofrece una alternativa a su dependencia energética de Rusia y Moscú hará todo lo posible por halagar al Gobierno de Bakú.

Pero el colofón, sin duda, lo pone Georgia, un país que durante la revolución de las rosas nos hizo pensar que podía ser una democracia avanzada y modélica para toda la región, pero que ha entrado también en una espiral autodestructiva bajo el liderazgo mesiánico de Saakashvili, un presidente que puso en bandeja a Moscú la amputación de una parte significativa de su territorio (Abjasia y Osetia del Sur) y ha destruido lenta pero eficazmente sus credenciales y legitimidad democrática. Las opciones de la Unión Europea no son ni muchas ni fáciles y, además, empeoran con el tiempo. En la década de los noventa, Rusia estaba en declive y la Unión Europea en expansión, por lo que la visión dominante en Bruselas era que con pequeños incentivos, estos países se orientarían naturalmente hacia Europa. Pero ahora las cosas han cambiado. Rusia ha resurgido y pretende recuperar su influencia en la zona, para lo cual no duda en usar la coacción (económica o militar) aunque también los incentivos (inversiones o incluso becas). Por su parte, la Unión Europea ha retirado la promesa de la ampliación de la mesa y se muestra tacaña a la hora de conceder visados o pacata a la hora de apostar económicamente por estos países, lo que disminuye notablemente su atractivo y capacidad e influencia.

La asociación oriental nace, pues, con los mismos problemas que lastraron en su momento la Unión por el Mediterráneo: las suaves maneras posmodernas de Bruselas, basadas en el comercio, la cooperación técnica y la búsqueda permanente del consenso mediante un sistema de continuas negociaciones, todo ello bajo el principio de legalidad, chocan con las rudas maneras de estos vecinos, más pendientes de la supervivencia que del qué dirán y acostumbrados a un juego de poder clásico en el que la testosterona todavía no ha pasado de moda.