lunes, 21 de mayo de 2012

Putin aplica la táctica de asedio contra Ucrania


Fiodor Lukiánov
10:43 17/05/2012
Columna semanal por Fiodor Lukiánov*
Los presidentes de Rusia y Ucrania se reunieron por primera vez tras la vuelta de Vladímir Putin a la presidencia en Rusia.
Las relaciones ruso-ucranianas están experimentando una etapa muy extraña. Aparentemente, no ocurre nada, no  hay un conflicto evidente, sin embargo en las raras declaraciones de las dos partes se puede intuir cierta tensión y decepción mutua. 
Hace dos años el expresidente ruso Dmitri Medvédev y el actual mandatario ucraniano Víctor Yanukóvich firmaron en la ciudad ucraniana de Járkov acuerdos en virtud de los cuales el estacionamiento de la Flota Rusa en Crimea se prolongó hasta 2042, a cambio de lo cual Ucrania recibió una rebaja considerable para la compra del gas ruso. Aquel hecho parecía marcar el inicio de unas profundas relaciones estratégicas de otra calidad. Sin embargo, no hubo ninguna continuación: los acuerdos de Járkov resultaron la única transacción, y las ideas propuestas posteriormente por Rusia, sobre la unión de ciertos vínculos para crear esencialmente un impulso compartido en industria energética, construcción aeronáutica y la esfera de defensa, no obtuvieron ningún desarrollo.  Veo dos razones para ello. La primera es que, incluso con el presidente ‘prorruso’, en la sociedad y la élite política ucraniana se observa una disensión en lo que a la actitud hacia Rusia se refiere: Kiev no puede escoger Moscú como su única orientación. La segunda es que existen unos temores objetivos de que Rusia, siendo un sistema político y una economía mucho más fuerte, se trague a su vecino.
El periodo de incertidumbre duró un año, conmemorado por una tensa lucha política dentro de Ucrania que culminó con el  proceso contra Yulia Timoshenko. De la multitud de acusaciones que habrían podido ser imputadas a  la exprimera ministra ucraniana escogieron las menos convincentes y las más acuciantes políticamente: los contratos de gas con Rusia.  Kiev ha pretendido aprovechar la sentencia como un argumento en las disputas sobre el precio del gas ruso, y ahí empezó un enfriamiento entre el gobierno ucraniano y Moscú. Intentando alcanzar concesiones en la esfera del gas,  Ucrania iba haciendo declaraciones incoherentes: algunas veces exigiendo y amenazando, otras veces al contrario, formulando propuestas para la colaboración.  Rusia, al superar la tentación de echarle en la cara lo que pensaba, optó por esperar y parece que fue una decisión correcta. Desde el verano pasado la posición internacional de Ucrania cambió considerablemente a peor. Las relaciones con la Unión Europea (UE) están dañadas por el caso de Timoshenko y el diálogo acerca del gas no ofrece ningún resultado. Rusia se niega a revisar los acuerdos bajo la presión, y sus posiciones jurídicas al respecto son muy firmes. Al mismo tiempo, resulta imposible alcanzar un compromiso sin esta presión, ya que Moscú está dispuesto a otorgar rebajas solo a condición de que Kiev se ponga de acuerdo con compartir el control de su sistema del transporte del gas o a cambio de que Ucrania entre en la Unión Aduanera. Rusia puede permitirse este tono, ya que si la construcción de todos los gasoductos a Europa que está llevando a cabo termina con éxito, el tránsito ucraniano resultará innecesario.
La política ucraniana a veces parece carecer de toda lógica: surge la sensación de que la actitud personal de Víctor Yanukóvich hacia Yulia Timoshenko prevalece sobre cualquier razón política u económica. Como resultado, la canciller alemana, Ángela Merkel, calificó hace unos días a Ucrania como a un régimen prácticamente dictatorial, al lado de Bielorrusia. Aunque es una clara exageración, también es un hecho muy elocuente. Y aunque la UE está muy interesada en evitar el acercamiento entre Kiev y Moscú, los políticos europeos no pueden pasar por alto la situación de la exprimera ministra.  En Rusia, que se muestra más tranquila al respecto, las autoridades ucranianas tampoco hallan entendimiento: tanto Vladimir Putin como Dmitri Medvédev censuraron la sentencia contra Timoshenko y su ingreso en prisión.
El verano pasado la adhesión de Ucrania a la Unión Aduanera parecía poco probable. La política del país se caracterizó, desde el inicio de su historia independiente, por la falta de deseo y de capacidad de elegir entre la orientación proeuropea y la prorrusa.  El ejemplo de la presidencia de Víctor Yúschenko mostró que un intento brusco de optar por lo uno descartando lo otro tendrá resultados deplorables. Leonid Kuchma, el ex presidente que se caracterizó por una mayor sutileza, siempre mantuvo espacio para maniobras en las dos direcciones.
Pero hoy la situación es muy diferente de lo habitual. Kiev parece cerrarse conscientemente todas las posibilidades de maniobrar, no dejando otra opción que la de aproximarse a Rusia. La situación económica del país no es nada fácil, por lo cual necesita a un socio que pueda apoyarlo y Moscú está a la expectativa, partiendo de la idea de que debido a las actuales tendencias en relaciones entre Kiev y la UE, Ucrania no tendrá otro remedio que dirigirse a Rusia. 
La calidad y eficacia de la Unión Aduanera depende de la membresía de Ucrania. Sin la participación de Kiev el proyecto, aunque y con futuro y posibilidades, parece incompleto. De entrar Ucrania, la Unión (concebida de cara al futuro como la Unión Euroasiática) se convertirá en una estructura poderosa con un gran mercado interno y con una economía diversificada. Por eso el atraer a Ucrania será uno de los retos importantes de la presidencia de Vladimir Putin, quien opta ahora por la planificada táctica del asedio en vez de los acostumbrados ataques de caballería.
*Fiodor Lukiánov, es director de la revista “Rusia en la política global”, una prestigiosa publicación rusa que difunde opiniones de expertos sobre la política exterior de Rusia y el desarrollo global. Es autor de comentarios sobre temas internacionales de actualidad y colabora con varios medios noticiosos de Estados Unidos, Europa y China. Es miembro del Consejo de Política Exterior y Defensa y del Consejo Presidencial de Derechos Humanos y Sociedad Civil de Rusia. Lukiánov se graduó en la Universidad Estatal de Moscú.

LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI