sábado, 7 de enero de 2012

Transnistria, el país que no es

Una limusina circula por una de las zonas más pobres del país, en las afueras de Tiraspol, en Transnistria Samuel Aranda

JORDI MUMBRÚ
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Unos recién casados posando para la foto junto a un tanque Samuel Aranda

Transnistria es el país que no existe. Ya hace casi 20 años que declaró su independencia de Moldavia, pero casi nadie lo reconoce como estado. Sólo le conceden ese privilegio las repúblicas de Abjasia y Osetia del Sur (ambas en el Cáucaso y reconocidas a su vez por media docena de países).

Aun así, las casi 700.000 personas que viven en Transnistria lo hacen como si ese detalle no cambiara nada. El país tiene moneda propia, un parlamento escogido cada cuatro años y custodiado por una inmensa estatua de Lenin, un jefe del estado y una frontera muy protegida. Cruzarla no es un mero trámite. Al este limita con Ucrania y al oeste, después del río Dniéster, que hace de frontera, tiene primero Moldavia y luego Rumanía, que representa la puerta a Europa.

Aun así, a diferencia de otros países, su población no mira a Occidente sino a Rusia. Los turistas sólo pueden permanecer en Transnistria durante tres días, pero las autoridades internacionales desaconsejan que se visite. Hacerlo como periodista es temerario, así que hay que disfrazarse de turista. Transnistria vive todavía con la tensión de la guerra fría y, como no está reconocido internacionalmente, no existen relaciones diplomáticas de ningún tipo. Un pequeño traspié allí puede convertirse en un problema muy serio.

El pequeño autobús que abandona Europa avanza por una estrecha carretera hasta llegar a la frontera del país que no existe. Entre la espesa niebla se ven las figuras de los militares que detienen el vehículo. La mitad de los pasajeros baja y se dirige a una pequeña garita llena de formularios que rellenar. La mayoría de los viajeros son moldavos. Pasado el trámite, el autobús sigue hasta la capital, Tiraspol, donde viven cerca de 190.000 personas. La ciudad no es pobre como se podría esperar. Las calles están repletas de lujosos bancos, existen tiendas de todo tipo y hasta se puede encontrar un par de restaurantes con conexión a internet.

La principal particularidad de Tiraspol, como sucede en el resto del país, son los símbolos: en los parques, en vez de bonitas fuentes, estanques o juegos para niños, hay tanques y copias exactas de los reactores rusos. Cuando los enamorados se casan, organizan aparatosas sesiones fotográficas con sus familias bajo el cañón de un imponente tanque soviético. En vez de policías, en las calles hay militares y en cualquier sitio es posible encontrar estatuas de Lenin, una hoz con el martillo o murales en los que el gobierno reza las bondades de Rusia.

Transnistria es uno de los pocos países del mundo en el que las pintadas en las paredes de las calles no las hacen los ciudadanos, sino el mismo gobierno. Y siempre repite el mensaje, escrito en ruso: “Nuestra fuerza es la unión con Rusia”. En esta idea se insiste constantemente gracias a las dos televisiones del país, controladas por el gobierno, y a las inmensas fotografías en medio de la calle donde el presidente, Igor Smirnof, posa cordialmente con Dmitri Medvédev y con Vladimir Putin, que goza de muchísima popularidad en la zona. Putin es un héroe aquí.

También son constantes las referencias a la Segunda Guerra Mundial. En 1941, Tiraspol cayó bajo dominio nazi y lo pagó muy caro. Asesinaron a cerca de 100.000 judíos. Tres años más tarde, fue liberada por la Unión Soviética y muchos rusos fueron a vivir a la zona. Parece que fue entonces cuando se paró el tiempo. Muchos monumentos recuerdan a las víctimas del odio nazi y ensalzan la fuerza de su salvadora: la Unión Soviética. Con la llegada de los rusos, la mayoría de los rumanos abandonó el país que, poco a poco, creció económicamente.

Cincuenta años más tarde, en 1992, los rusos que habían repoblado esta zona declararon la independencia de manera unilateral y se enfrentaron a Moldavia. Armados por el régimen ruso, ganaron la guerra y expulsaron a los moldavos de Transnistria. Moldavia tuvo que firmar el alto el fuego y prescindir de esta región, que era, además, la más productiva del país. Desde entonces, un importante destacamento del ejército ruso vigila la frontera.

Esta hazaña, que costó 1.500 vidas, es un orgullo para ellos, y lo recuerdan en cualquier conversación. A partir de ese momento es como si todo el mundo hubiera cambiado menos ellos.

Los ciudadanos viven esta situación con normalidad y, a pesar de que pueden abandonar libremente este país sin democracia, prefieren quedarse. Se sienten a gusto. El que no está muy cómodo en este lado de la frontera es Nick, joven traductor de origen moldavo. Ser occidental no está bien visto en Tiraspol, pero ser moldavo es todavía peor. Nick habla perfectamente moldavo, ruso e inglés y tiene conocidos en Transnistria. Uno de ellos es Vasili Tkachuk, un chico de 19 años, que además de estudiar Derecho pincha música hip hop en algunas discotecas de la ciudad. Esta afición le ha permitido conocer a muchísima gente, que va saludando por la calle mientras camina con los extranjeros –sabe que son periodistas–, a los que va presentando a algunos de sus conocidos: periodistas locales, estudiantes, pero también soldados y hasta camellos, y un ex convicto, para desgracia del traductor, que parece cada vez más arrepentido de haber aceptado un trabajo que no le debió de parecer muy complicado a priori.

Todos estos ciudadanos tienen entre 18 y 24 años y representan la primera generación de la Transnistria independiente, pero, para ellos, hablar con los periodistas no es fácil, porque saben que les puede ocasionar problemas.

Sobrepasada la desconfianza inicial, se van animando. Tkachuk empieza dejando claro: “Si pudiera escoger entre un pasaporte ruso y otro europeo, me quedaría con el ruso, seguro”. Él votó por primera vez en las últimas elecciones y lo hizo por el actual presidente, aunque reconoce que habría ganado de todos modos, porque “el presidente se escoge a sí mismo”.

Nicolai Ivanov, uno de sus amigos, trabaja en la televisión del país. Como la mayoría de los habitantes, habla ruso aunque ha aprendido un poco de inglés: “Aquí los periodistas no pueden decir la verdad. Es imposible. Esto es una democracia conducida”.

Ivanov explica que muchos compañeros están entre rejas porque publicaron lo que no debían y advierte del riesgo que corren los forasteros si las autoridades descubren que no son turistas. “En Tiraspol hay más gente en la cárcel que fuera de ella”, añade el amigo ex convicto, que prefiere no identificarse. Estuvo cuatro años preso por romper la cara a alguien, según traduce Nick.

La reunión es en casa de uno de ellos. Se trata de un apartamento de menos de 40 metros cuadrados y allí viven, como mínimo, cinco personas. Cada planta del inmenso edificio tiene lavadoras y duchas comunitarias, que comparten los inquilinos de los cerca de 20 pisos que hay por planta. Eso sí, por incómodo y pequeño que sea, es gratis. Y no para de entrar gente. Cada vez que alguien llama a la puerta, el grupo crece y se enrarece más el ambiente. Llega el turno del joven soldado, que quiere cobrar una buena suma a cambio de colar a los extranjeros en su base militar para hacer fotos.

Ninguno de estos jóvenes sabe lo que es una cuenta corriente a pesar de que su ciudad está repleta de bancos. Ninguno, incluido Mike, un estudiante universitario que habla muy bien inglés, tiene conocidos fuera de su país. Ninguno ha salido nunca de Transnistria, y si alguna vez lo hace, será para ir hacia Moscú, dicen convencidos. Más que el comunismo, todos ellos defienden el anticapitalismo y, a pesar de reconocer las miserias de su país, consideran que “Europa tiene una visión equivocada de Transnistria”.

La visión occidental del país que no existe es que esconde uno de los mercados de armas más importantes del mundo. Se trata de modelos demasiado viejos para algunas guerras pero suficientemente efectivos para muchas otras, como por ejemplo las de África. Transnistria es un país sin libertades, completamente corrupto y controlado por varios empresarios mafiosos. Tiene un poderoso hermano mayor llamado Rusia, que lo controla y parece que su población está dispuesta a renunciar a su libertad a cambio de sentirse parte de la Federación Rusa. Se sienten más rusos que los propios rusos.

Para Rusia, Transnistria representa una isla en medio de Occidente. Una isla altamente militarizada. Existen controles militares de su ejército y también de la 14 Armada rusa, que opera en la zona desde que se independizó. Antes de 1990, esta era la parte más oriental de Moldavia y estaba separada geográficamente por el río Dniéster. Cuando Moldavia intentó acercarse políticamente a Rumanía (es decir, a Occidente), esta región se enfrentó a las instituciones y proclamó la independencia.

Algunos de los chicos de esta primera generación que nació tras la independencia consultados forman parte de un grupo de hip hop y, después de unos tragos de vodka, insisten en hacer una demostración. Para tranquilidad del moldavo Nick, la canción es un pacífico homenaje a los 1.500 muertos de la guerra de independencia del 1992, la que, según su punto de vista, liberó Transnistria del peligro de la influencia de Occidente. Todos reconocen que no viven en una democracia (evitan la palabra dictadura), pero aseguran que prefieren ser rusos a occidentales. Sostienen que Europa tiene una visión equivocada del país, al que ni siquiera reconoce.

A pesar de no estar reconocido por casi ningún otro Estado, Transnistria es un país estratégico. Se trata de la zona más occidental controlada por la poderosa Rusia. El presidente de Moldavia, Mijai Ghimpu, explicó al Magazine cuál es el objetivo de Rusia en este territorio: “Transnistria no es un accidente. Es una realidad creada por Moscú”. En 1989, con la caída del muro de Berlín, cuenta, la Unión Soviética perdió su influencia en esta zona y, a pesar del poder que le otorga el control del gas, cada año pierde peso en Europa del Este. Rumanía ya forma parte de la OTAN, Ucrania se debate entre Oriente y Occidente mientras que Moldavia, a pesar de su inestabilidad política, empieza a mirar hacia Rumanía. “Rusia quiere que Moldavia siga bajo su influencia y que no entre en la OTAN”. El presidente moldavo está convencido de que el futuro de su país es otro y que Rusia ha llegado a la conclusión de que “si no puede controlar Moldavia, al menos lo hará con
un trozo del país, que es Transnistria”.

Ghimpu explica que “en realidad, Transnistria es más grande que el trozo de tierra que parece”. Su importancia estratégica dificulta una hipotética unión con Moldavia, porque nada hace pensar que Rusia renuncie a su pedazo de Occidente. En diciembre del 2006, Transnistria celebró un nuevo referéndum que confirmó su independencia con el 97% de los votos a favor.

El primer ministro de Moldavia, el europeísta Vlat Filat, señaló que “existe un proceso de negociación en un formato de cinco más dos” para intentar solucionar el conflicto. Los agentes que ocupan la mesa de negociaciones son Moldavia, Transnistria, Ucrania, la Federación Rusa y Osetia, mientras que los observadores son Estados Unidos y la Unión Europea. Aun así, Filat reconoce que hay pocas opciones de éxito. En la otra parte de la frontera, en el país donde parece que el muro de Berlín sigue en pie, todo es demasiado distinto.

A pesar de que no se vea policía por las calles, Tiraspol está llena de confidentes, advierten, por ejemplo, los jóvenes músicos del país. Y dos nacionalistas rusos increpan a los extranjeros por la calle por ser europeos. “Derrotamos a Moldavia y derrotaremos también a Occidente”, grita uno en inglés, ahorrándole el trabajo de traducir a Nick, que ya sólo cuenta las horas que faltan para regresar a su querida y tranquila Moldavia.